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21 de julio de 2020

Agalla de lentisco

Nada hay en nuestra casa ni en la de Fresco más que las drogas que vendemos: azufre, aloes, incienso, agalla, matalahuva, zarzaparrilla... Con algún enjuagatorio de esto, refrescación de tripas, vamos engañando el hambre... Ven y verás nuestra miseria.
                                                                                              Aita Tettauen
                                                                                              Benito Pérez Galdós



La mayoría de las veces que he hablado de agallas, y ya son unas pocas, he hecho un poco de trampa pues los textos que he utilizado siempre aluden a las agallas de roble, y esta vez no iba a ser menos, pero no me iba a quedar sin traer por el blog estas vistosas agallas de lentisco porque no encontrase un texto.



En este caso la agalla la produce un pulgón de nombre Aploneura lentisci al que podéis ver aquí. Sin embargo no voy a hablar ni del lentisco, ni del pulgón, sino que voy a aprovechar para explicar el origen de la expresión tener agallas.


Y es que tener agallas tiene su origen en la agalla canica del roble, y en realidad se trata de un eufemismo. Esas pelotas que el Andricus kollari ocasiona en los robles le debieron recordar a alguien a los testículos y el mismo u otro decidió suavizar la expresión tener cojones, cambiándola por tener agallas. Y tuvo éxito. 







12 de marzo de 2011

Agalla canica de roble

También me agradaba subirme a los robles que eran menos abundantes, pero más altos que las encinas. Sus bellotas son muy amargas, pero estos árboles producen, entre sus grandes hojas, unas pequeñas bolitas, que los niños llamabamos "bobajos". Los niños íbamos, con entusiasmo, a recoger esta rara cosecha porque nos servía para el "guá" o las "canicas".
                                                                           En el corazón de otros tiempos                                    
                            Gerardo Martín Pascual

Podría decirse que el descubrimiento de Ámerica supuso la desaparición de los robledales de la sierra de Aracena. Hacía falta madera para construir barcos y para una ciudad, Sevilla, que crecía a la sombra del descubrimiento. Y el roble, desde siempre apreciado por la calidad de su madera, fue el principal perjudicado. Las áreas deforestadas fueron repobladas con castaños, pero aún podemos encontrar robles en los que apreciar esta curiosa formación: la agalla.


Una agalla es el crecimiento anómalo de una parte de una planta como respuesta a la acción de otro organismo, por lo común un insecto, aunque también producen agallas los virus, los ácaros, hongos, bacterias... El resultado es una estructura que es distinta y típica para cada par de elementos implicados: planta y organismo inductor.


  La agalla canica, a la que corresponden las imágenes, esta producida por Andricus kollari, un insecto del orden de los himenópteros, de la familia de los cinípidos.

Volveremos sobre las agallas. Mientras, podéis encontrar más información aquí